Exposición "LOS PAYASOS BORDES" de José Antonio Lozano

Tipo de evento :

Exposición


Precio :


Duración :

Publico :
Todos los públicos.
Lugar :
Teatro Circo de Albacete
Venta de entradas :

Estos payasos bordes no han sido nunca expuestos al público y se podrá disfrutar de ellos en el Teatro Circo, por primera vez y tal vez la última.


Logo Año Lozano

martes, 29 de enero de 2019 al domingo, 24 de febrero de 2019
** Mañanas de 10:00 a 13:00 h. ** Tardes, desde la apertura de puertas del teatro, hasta una hora antes del comienzo de los espectáculos.

Reseña

Detalles

A ratos, cuando los ojos, cansados de tanta luminosidad como acumulaban en los paisajes nivosos de La Mancha, pedían una tregua, José Antonio Lozano entraba a habitar el asombro de los niños y se recreaba pintando esos payasos engañosos, algo malvados y enloquecidos. Él los llamaba payasos bordes, en un oxímoron devastador para sus destinatarios, los hijos de sus amigos, que pasaban así, a tan corta edad, a ser poseedores de su primer Lozano.
Él mismo sonreía y se divertía como un niño más, imaginando perversas destrezas para sus payasos: la espada, el hacha, la hoja de afeitar, la sierra, el rodillo o la cuerda. Instrumentos con los que otorgaba a aquellos seres la capacidad de infundir terror en vez de provocar la risa y el alborozo de los más pequeños. No era una venganza sino una complicidad; un juego desteñido de maldad con el que trastocar la ingenuidad innata en las primeras e inofensivas maldades infantiles.
Los payasos bordes de Lozano constituyen una singular tropa circense que por las noches abandona todas las carpas del mundo para ensayar cada uno su número en la niebla de los sueños inocentes. Es así como han forjado su leyenda y su carácter. Es así como han aprendido a fundir sonrisas y lágrimas en el pasmado rostro de quienes los observan.
Pintados para los hijos de sus amigos, estos payasos bordes no habían sido nunca expuestos al público. Lo son por primera vez y tal vez última, con motivo de esta XII edición del Festival Mundial del Circo que se celebra en Albacete y que viene a coincidir con el Año Lozano, en el que celebramos el primer centenario de quien los pintó.


Andrés Gómez-Flores


 


IN MEMORIAM EN LA MUERTE DE JOSÉ ANTONIO LOZANO (1919-2014)
Andrés Gómez-Flores
El pintor José Antonio Lozano, que acababa de alcanzar la provecta edad de noventa y cinco años apenas tres meses antes, murió el pasado 28 de diciembre de 2014. Había nacido en 1919 en Yeste, a donde regresó su cadáver para recibir sepultura, un soleado pero heladísimo día después de su muerte. En Yeste, que lo había nombrado Hijo Predilecto en 2008, tenía la esperanza de ver armado algún día un museo dedicado a su obra. Desgraciadamente y a pesar de su longevidad, se ha ido de entre nosotros sin que nadie respondiera a su sueño. Por eso, muchas de las palabras que en estos días de luto se han dicho, destacando su grandeza humana y su patriarcal mecenazgo artístico, solo pueden sonarnos, como le sonarían a él si pudiera escucharlas, a palabras huecas, vacías.
Su infancia y primera juventud estuvo marcada por la guerra civil que en los primeros días le arrebató de manera violenta a sus tres hermanos, fusilados por milicianos en tierras de Jaén. Él, un muchacho con solo diecisiete años, pudo escapar saltando por una ventana de las cámaras de la casona en que vivía, sobre un huerto lleno de olivos casi centenarios.
Ocultándose, primero, y siguiendo después a pie el cauce del río Taibilla, consiguió llegar a Nerpio, en donde le dieron cobijo. Entre tanto, su padre había sido detenido y encarcelado en el penal de Chinchilla, y su madre, desterrada de Yeste, hubo de refugiarse en casa de unos parientes de Campo de Criptana. Lozano vivió solo, alejado de su familia en Nerpio hasta que, movilizada la quinta del 40 en abril de 1938, poco después de cumplir los dieciocho años, se incorpora al frente con la 52 Brigada Mixta en Estrella de la Jara, donde conoció al pintor mejicano David Alfaro Siqueiros, que era uno de los mandos de su regimiento. Hecho prisionero por los nacionales, estuvo encarcelado en la prisión de Puente del Arzobispo, de donde salió por una rocambolesca historia que él gustaba achacar a su “ángel tutelar”. Incorporado a las Milicias Voluntarias de Olmedo (Valladolid), a partir de ahora combatiría en el bando nacional, participando en el frente de Gandesa y la batalla del Ebro diez días antes de que esta acabara, para intervenir después, sin disparar un solo tiro, en la ofensiva de Cataluña, desde Balaguer, Solsona, Daroca, hasta Ripoll.
Tras la guerra pudo retomar sus estudios, cursando Magisterio en la Escuela Normal de Albacete. Fue el escultor murciano Antonio Garrigós quien, en 1947 lo sacó de Yeste, quebrando así una ruta que lo conducía directamente a los estudios de Farmacia en la Universidad de Granada, tal como era el deseo de su padre, para llevarlo a Murcia e introducirlo en el ambiente cultural y artístico. Garrigós le presentó a quien sería su maestro y su suegro, el pintor Luis Garay, que tiene entonces su estudio en la calle de La Gloria. Allí, bajo la tutela de Garay, aprende José Antonio Lozano a pintar y conoce a su hija, Carlota Garay, con la que poco después contrae matrimonio. En Murcia, Lozano tiene ocasión de entrar en contacto con los intelectuales que se reúnen en la trastienda de la sombrerería
de Carlos Ruiz Funes, en la calle Trapería, y conocer de cerca a los más destacados artistas murcianos, como Ramón Gaya, Mariano Ballester, Hernández Carpe, Pedro Flores o Joaquín. Y en Murcia tendrá lugar su primera exposición en 1948, en la Sociedad Económica De Amigos del País, La Económica, para los murcianos. Al año siguiente expondría ya en el Casino Primitivo de Albacete, una exposición que despertó el interés de Enrique Azcoaga, el por entonces influyente crítico de arte de Blanco y Negro.
Tras los años murcianos, en 1953, Lozano decide que ha llegado el momento de regresar a Yeste, su pueblo, del que será alcalde en los años de esa década, y diputado provincial de Educación y Cultura, Turismo y Deporte. Hasta que en el año 1961 abandona la política y emprende la aventura con la que lleva soñando años: ser galerista de arte. Se traslada a Albacete y abre, en la calle Carcelén, 6, la Sala Estudio, la primera sala de exposiciones privada que ha tenido la ciudad, permaneciendo al frente de la misma durante más de treinta años, y haciendo de ella un revulsivo en torno al que consiguió aglutinar a la práctica totalidad de los pintores albaceteños e la segunda mitad del siglo XX, y por la que pasaron colgando sus cuadros artistas de la talla de Benjamín Palencia, Pancho Cossío,
Genaro La Huerta o Gregorio Prieto entre otros muchos. A partir de 1978 compaginó su galería con la dirección del Taller de Artes Plásticas de Albacete.
Adscrito a la figuración y el impresionismo, pero siempre atrapado por la magia del paisaje, José Antonio Lozano, que reconocía haberse quedado encandilado con esa abstracción pura que era para él la llanura manchega desde el primer día que puso los pies en ella, gustaba insistir en que el paisaje manchego, tan lleno de matices, era una línea recta. Se ha dicho que por encima de todo, Lozano es un paisajista. El paisajista de la generación de pintores que irrumpe moderadamente en los años cincuenta, tras la estela de Benjamín Palencia, y que se afianza y consolida como grupo ya en la década de los setenta con algunas exposiciones colectivas como la histórica de Serrano 19: “Presencia actual de la pintura de Albacete”, galería madrileña a la que Lozano regresaría en solitario
seis años más tarde.
En los paisajes lozanos percibimos una delicada ráfaga de viento, un cielo a veces enfadado que encierra la promesa de una tormenta, el lento viaje de la sombra de las nubes que se demoran. Pero nunca el hombre, como si el paisaje fuera la ausencia misma de quienes lo habitan. Su amigo Juan Ramírez de Lucas, crítico de arte de ABC, escribió a propósito de su pintura: “Son campos en soledad arañados por los surcos de la tierra, amenazados por cárdenas tormentas. El hombre no aparece, pero está; lo mira todo desde fuera”. Mas no todo son paisajes en la extensa obra de Lozano. ¿Qué decir de sus magníficos bodegones, de sus ensimismados peces, sus palomas infantiles y pacíficas, sus abstractos, tan rugosos…?
A lo largo de una larga y fructífera carrera, realizó más de cien exposiciones individuales y colectivas, como la ya citada de Serrano 19 de Madrid, en 1974, la del Instituto Español de Londres, en 1981, la antológica del Centro de la Asunción de Albacete, en 1993, o la de Vienne, en 1995, junto a Alfonso Quijada, González de la Aleja, Miguel Cano y Antonio Carrilero. Y estaba en posesión de numerosos premios y distinciones, entre otros, dos Molinos de Plata de Valdepeñas en los años 1968 y 1977.
José Antonio Lozano, que se había graduado en Dibujo y Pintura por la Escuela de Artes y Oficios de Murcia, y en Artes Aplicadas y Decoración por la de Madrid, había obtenido también diez primeros premios en el concurso de carteles de Feria de Albacete, lo que dice de su pasión por esta ciudad, junto a la realización de más de veinte carteles de la feria de su Yeste natal. Además de cuatro primeros premios de la Feria Nacional de Cuchillería y otros tantos de embellecimiento de pueblos. En 2007 fue distinguido con el Reconocimiento Institucional del Pleno del Ayuntamiento de Albacete. En 2008 fue designado Hijo Predilecto de Yeste, e Hijo Adoptivo de Albacete en 2010. Pertenecía al Instituto de Estudios Albacetenses desde 1998.
Su ingreso, en el año 2006, en la Real Academia de Bellas Artes Santa María de la Arrixaca, de Murcia, vino a sellar el reconocimiento oficial del artista maduro que eligió pasar la vida atado a la luz. A la luz de las calles y aldeas manchegas; esa luz que sobrepasa y trasciende las casas sencillas, las fortalezas y las torres de las iglesias y se alza hasta las nubes, igualándolas en color a la tierra. Habiendo leído a John Berger, Lozano sabía que el color tiene un lugar construido para él en la imaginación humana. No parece que haya ninguna duda de que los colores están ahí para ser vistos, porque si no, ¿qué color tienen las cosas en la oscuridad?, le pregunté un día. Y él me dijo: “el color del interior de la luz”. Es de ese interior de donde partía, me parece a mí, la fuerza sincera con que manejaba los pinceles. Y lo que convierte en algo tan extraordinario su obra es la pureza con que está siendo observada en el estudio mientras va haciéndose.
La pintura es un lugar en el que el tiempo permanece detenido. La pintura de José Antonio Lozano está hecha de la misma materia con que se forja el silencio. Luz, tiempo, silencio. Eso es lo que hacía que pintura y vida fueran la misma cosa para él. Su obra, como escribí en otra parte, es una suma de instantes robados a la belleza. Lozano parecía haber cogido al tiempo en una distracción, fijándolo para la eternidad. Es imposible mirar un cuadro suyo sin sentir el silencio del tiempo, la quietud serena de su transcurrir. Pero para ver al tiempo moverse hacen falta dos cosas: saber mirar y saber esperar; hace falta paciencia. Su paciencia se sostenía en el conocimiento del tiempo y sus heridas, en el conocimiento del mundo, que pasa a nuestro lado desgranando misterios. La pintura es uno de ellos.
Para querer a Lozano bastaba con mirarle a los ojos. Suficiente para saber que era un ser extraordinario, un ser patriarcal con toda la autoridad y la benevolencia de un corazón sencillo. Si leemos su correspondencia, especialmente la que cruzó con su suegro, Luis Garay, tendremos la medida exacta de un hombre bueno que siempre espera la llegada de lo que él llamaba “horas felices”. José Antonio Lozano ha sido, ante todo, un hombre que ha sabido vivir. Puede que no haya conocido a Rembrandt ni a Velázquez –algunas vidas no dan para tanto–, pero sabemos que conoció a otros dioses menores, como el francés Paul Bocuse, Legión de Honor de la República Francesa, que un día cocinó para él, y al llevarle los platos hasta la mesa, le recordó que comer es un placer sosegado, como el de pintar, uno de esos placeres que no te abandonan jamás.
Así ha sido José Antonio Lozano, el mismo que un día le dijo al profesor Domingo Henares: “Sin el arte, la especie humana original no hubiera tenido trascendencia en el tiempo, estaríamos nosotros sin antepasados. El arte, como otras manifestaciones de la vida, atestigua que hemos sido. Las pinturas rupestres son una partida de nacimiento de la humanidad, el correlato de nuestra participación en la belleza que nos salva de nuestra condición efímera”. Pero ¿cuánto pesan los años? ¿Cuánto el deseo de vivir o morir? Lozano nos ha dejado y ha vuelto para siempre a su Yeste, apretada esa mano que jamás volverá a dibujar. Ahora la pintura hablará por él.
Garrucha, 8 de enero de 2015


AL-BASIT 59 • (2014) • PÁGS. 373-376 • INSTITUTO DE ESTUDIOS ALBACETENSES “DON JUAN MANUEL” • ALBACETE • ISSN 0212-8632